Después de que las temperaturas treparan a los 40 grados los primeros días enero en la ciudad de Santa Fe, al comenzar la segunda quincena el ánimo de muchos santafesinos se caldeó ante la sucesión de hurtos y robos a comercios y casas de familia. Tras la ola de calor, la ola de asaltos.
A pesar que los funcionarios políticos y policiales insistan en cargar las tintas sobre la prensa, su carácter sensacionalista, los lugares de “alto impacto” (esto es, robos en zonas donde más llama la atención), y la sensación de inseguridad, la realidad establece que la violencia y el delito se adueñaron de la capital provincial.
Todas esas cuestiones sugestivas y subjetivas que intentan ocultar las falencias de los programas de seguridad, contrastan con las estadísticas que en la materia son contundentes. Santa Fe, es una de las provincias con más alta tasa de hechos delictuosos del país. Otro triste récord.
En Santa Fe ciudad, entre los días 12 y 14 de enero, se conocieron asaltos a tres panaderías, una sucursal de correo, un ciber, un videoclub, una farmacia, un comercio de aberturas, casas de familia, además de actos de violencia extrema, como una discusión por un perro que terminó con un muerto en Barrio San José y un baleado a plena luz del día en Barrio Roma. Puede agregarse un robo a una hormigonera en Monte Vera, dando una muestra de que la otrora tranquilidad pueblerina también está en riesgo.
La sucesión de hechos delictivos no es casualidad. Algo pasa. Y serán las autoridades quienes deban dar explicaciones. Nadie discute que se trabaja para prevenir el delito o atender los reclamos populares. Pero se exige una actitud más comprometida porque la realidad que se vive es grave. Es decir, colocar a las políticas, las gestiones personales y del equipo gubernamental o policial, y hasta las declaraciones públicas, a la altura de las circunstancias.