La presidenta Cristina Fernández de Kirchner provocó a los productores agropecuarios argentinos y generó una reacción en cadena de "cacerolazos" con su discurso pronunciado anoche, esperado con expectativa en todo el país.
Con un tono desafiante y -lamentablemente- poco conciliador, habló de "piquetes de la abundancia" y sostuvo que "cuando hay pérdidas, la sociedad debería absorberlas, pero cuando las vacas vienen gordas, las vaquitas para ellos, las penitas para los demás".
La primera mandataria enfatizó que no va a someterse "a ninguna extorsión", ya que, si bien "puedo entender los intereses de un sector, soy presidenta de todos los argentinos y tengo que gobernar para todos los argentinos".
El tono del discurso justamente pareció ir en sentido inverso, puesto que se dirigió despectivamente al "sector de mayor rentabilidad de los últimos años" como si sus protagonistas no fueran argentinos. La lógica indicaba que, aún manteniendo firme sus convicciones políticas y las medidas anunciadas, el mensaje pondría paños fríos a una protesta caliente.
Es probable que la presidenta no haya medido el costo político que ya tienen tanto las medidas adoptadas como sus duras palabras. Y da la sensación que quedó en un brete del que será difícil salir sin dar muestras de debilidad o, por el contrario, sin un costo social elevado.
La preocupación de quienes ejercemos la profesión periodística en un región tan vinculada al sector agropecuario, es el desconocimiento de la dirigencia política de la importancia del campo en nuestra economía nacional. Una muestra de ello la están dando las propias familias y vecinos de los productores, incluso autoridades locales, que se han sumado convincentemente a la protesta al pie de las rutas de todo el territorio santafesino.
Cuando la presidenta habla de "un sector" o de los "privilegiados del campo", no está hablando sólo del tambero, del ganadero o de los productores agrícolas que de sol a sol y los 365 días del año derrama su sudor en las ricas tierras de la pampa húmeda. También está hablando, quizás sin darse cuenta, del ferretero, del ingeniero agrónomo, de las cooperativas, de los talleristas, de los maquinistas, de los comercios que venden insumos para el campo.
"El campo" son todos ellos y muchos más, que "viven" del buen pasar de la producción agropecuaria, y que "sufren" sus malos momentos. El país, no son las grandes capitales de provincia. El país es el interior, las provincias, y sus capitales. En ese interior, heterogéneo por cierto, los pueblos y ciudades de entre dos mil y cincuenta mil habitantes, se sostienen en su gran mayoría por el aporte de la actividad agropecuaria.
Es un entramado que articulado, pone en marcha el motor de las economías regionales cada madrugada, desde el tambo o desde los surcos. El mismo que contiene a los molineros, a los soldadores, a los veterinarios, a los expendedores de combustible. "El campo" no es una elite. El campo son cientos de hombres y mujeres que viven de acuerdo a su producción y los vaivenes de la economía, y que como en otros sectores de la sociedad, también posee una elite.
La diferencia estriba en que este "sector", estos cientos de gringos con sus descendientes, ¡es el motor de la economía nacional! o, al menos, una buena parte. Aquel que alimenta a la agroindustria, clave para el desarrollo futuro de nuestro país.
La Nación tendrá un bienestar genuino, cuando lleguen a las máximas esferas del poder, argentinos que sean conscientes de que el corazón de la Argentina late en el interior, y que su sangre alimenta por infinitos caminos a las grandes ciudades. Es nuestro potencial, desconocerlo, es suicida.