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El monte en su corazón

La experiencia de un hachero afincado en Laguna Paiva que sabe de la rudeza del oficio pero quiere un futuro mejor para sus hijos.

Por Cristina Mix
Redacción El Santafesino
09/02/2006

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Santa Fe


  Nacho tiene nueve hijos, el más pequeño de tres años. Su esposa es mocoví, de la zona de Recreo. Con el sol brillando en los pastos mojados de rocío, recorre senderos que solo él conoce. Enredando sus ropas en las espinas, bajo la sombra del monte, entre soberbios árboles, flores silvestres, hierbas medicinales, aves y animales del lugar. Va nombrándolos uno por uno: algarrobos negro, blanco, amarillo, de espinillos, espinas chiquitas, espinas de diez centímetros, tucca, tala de burro, aromo blanco de tronco fino, sombra de toro en un matorral espinado, timbó, ceibo, curupí de madera blanda y acción curativa (ideal para hacer fuego).
Fuente: El Santafesino

Surcido de cicatrices, curtido por los rigores del verano, bautizado con el agua de lluvia y la crudeza de los inviernos, formando escudo con sus fuertes brazos defendiendo sus hijos, los ojos mansos, carnosos labios, son rasgos que denotan su procedencia mocoví. Pedro Narciso Pedroso “Nacho”, nació el 17 de septiembre de 1954 en General Obligado.

Su madre correntina y su padre chaqueño; es el mayor de nueve hermanos. Como un relámpago que ilumina toda su vida, contó con expresiones simples sus recorridos de montes a cielo abierto, acompañando a sus padres por la lejana Corrientes, hasta afincarse en los campos cercanos entre Laguna Paiva y Campo Andino. Tenía once años, un hacha en la mano y un zapucai en los labios.”Me gusta trabajar en los montes, con hachas. Soy mi patrón y peón, nadie me manda, entro al monte cuando el día se anuncia y doy un zapucai de contento. Si no se da ese grito de alegría, uno no es hachero”, explicó Pedro.

Nacho tiene nueve hijos, el más pequeño de tres años. Su esposa es mocoví, de la zona de Recreo. Con el sol brillando en los pastos mojados de rocío, recorre senderos que solo él conoce. Enredando sus ropas en las espinas, bajo la sombra del monte, entre soberbios árboles, flores silvestres, hierbas medicinales, aves y animales del lugar. Va nombrándolos uno por uno: algarrobos negro, blanco, amarillo, de espinillos, espinas chiquitas, espinas de diez centímetros, tucca, tala de burro, aromo blanco de tronco fino, sombra de toro en un matorral espinado, timbó, ceibo, curupí de madera blanda y acción curativa (ideal para hacer fuego).

Nacho contó uno de sus secretos que para hacer fuego en el horno (dice que ahí el pan es mas dorado, liviano y sabroso), todo lo aprendió de su padre, talar árboles, armar la carbonera con la pila de leña tapada con tierra, si el viento es del norte se deja la boquilla del sur, donde se prende fuego y se mantiene por una semana.

Nacho vende leña, carbón y carbonilla. Dice que la carbonilla es como la miga del carbón, se usa para en los hornos de ladrillos, con sus hijos a veces queman las ramas finas amontonadas y de ahí sacan carbonilla y la venden “para abrigar su pobreza”.

En su oficio de peón rural recorre distintos campos, al trabajo duro de hachero lo combina con la cría de animales y aves de corral. Ahora lo hace en tractor.

Sus hijos van a la Escuela Nº 1025 en bicicleta. Juegan en el monte saltando como cabritos o como tacuaritas se deslizan con rapidez, buscando lechiguanas para sacar la miel, a veces entretenidos no se dan cuenta del paso del tiempo. Nacho, con un largo alarido que hace eco entre los árboles, los llama. Así regresan junto a él, cazan comadrejas e iguanas para vender el cuero; bolean bandadas de bandurrias, patos, se bañan en la laguna que nunca falta en el monte, pescan, sacan anguilas que luego cocinan y comen; doman cerdos y terneros, ordeñan y corren riesgos como aquella vez que la volanta cargada con tachos llenos de leche, inexplicablemente volcó y cayó sobre uno de ellos, debiendo luego ser operado aunque se recuperó con una muy buena atención médica, que Nacho siempre agradece.

Nacho no sabe leer ni escribir, reconoce que es necesario ir a la escuela y por eso manda a sus hijos a estudiar por un futuro mejor. Cuando los camioneros que compran carbón o leña le entregan algún recibo, no los entiende y sus hijos se encargan de ello. Le gusta escuchar radio, las domadas y el chamamé donde se luce con su zapucai y alguna vez lo hizo para el maestro Víctor Hugo Canale. Le gusta la serenidad de la noche con un alto cielo brillante de estrellas, cuando el sol desaparece tras la mancha oscura del monte.



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