Martes 27 de marzo de 2007. Uno de los espacios radiofónicos de este periódico está cerrando, cerca de las 19, cuando un granizo de considerable grosor comienza a caer en seco sobre la ciudad de Recreo. Desde Esperanza ya llegan noticias de una pedrada histórica y desde Santa Fe una lluvia intensa comienza a dificultar el acceso a la ciudad por las principales avenidas.
Podrían ser postales del 25 de diciembre de 2006, pero ya estamos en 2007, pasaron tres meses y leemos los reclamos de los productores hortícolas afectados por aquel fenómeno, que hoy ya padecen uno nuevo. Llega la noche y los pueblos y ciudades entran en colapso. No para de llover. El miércoles 28 de marzo nadie piensa que pase de una lluvia fuerte. Pero el jueves 29 comienzan los problemas.
En la ciudad de Esperanza y sus alrededores, hay evacuados, comercios con daños importantes, al igual que viviendas y autos destrozados. Pilar, San Jerónimo Norte, Franck, Las Tunas, empiezan a sumar a su vocabulario las palabras inundación y evacuados. Quedan aislados decenas de pueblos porque la masa de agua atraviesa rutas y puentes. El panorama es desolador. Y el agua corre.
En Recreo y Monte Vera, hay agua en las calles, se inundan barrios y todos piensan en el Salado con el corazón en la boca, pero el agua viene de arriba. El norte de la ciudad de Santa Fe se convierte en un canal de acceso. Un manto impiadoso de agua avanza hacia el sur, pegando de nuevo en el castigado oeste. La defensa de la Circunvalación Oeste está firme, pero es un dique.
La ciudad capital entra en clima de pánico. El gobierno de la provincia se empecina en no suspender las clases y la incertidumbre gana las comunidades educativas. Ese jueves 29 mucha gente anda en la ciudad que empieza a ser un caos. Una catarata de mensajes comienza a fluir por las radios y comienzan a observarse los primeros síntomas de la imprevisión. Se abren centros de evacuados sin colchones, ni comida. Los voluntarios aparecen como siempre sin que los llamen, pero los receptores de evacuados sienten que tienen otra pesadilla. Crecen los niveles de agua hacia el sur, y con ellos la presión y tensión social.
Los barrios del cordón oeste y suroeste se inundan como en 2003, con un poco menos de agua pero con la misma angustia y falta de información. Camas y cómodas en las esquinas, camionetas y lanchas particulares ya están allí, levantando las pertenencias. No hay policía, ni funcionarios ni otras fuerzas de orden público. La gente sale con lágrimas en los ojos y pregunta dónde ir.
El intendente de Santa Fe, Ing. Martín Balbarrey, había hablado públicamente recién el miércoles 28 a las 19 por Canal 13. Y el viernes 30 insta a una “evacuación preventiva”, con el fantasma de la invasión del Salado y las muertes de 2003 sobrevolando. Hace ese anuncio a la mañana temprano, pide que la gente se vaya de sus hogares, pero no dice el intendente a qué centro de evacuados pueden ir. La desorganización es total.
Ese mediodía Balbarrey brinda una conferencia de prensa pero no sabe cuántas bombas extractoras de agua hay ni cuántas llegarán a la ciudad. ¿Cómo? ¿La ciudad de Santa Fe, rodeada de ríos, no cuenta con bombas propias? Las siete casabombas instaladas sobre la defensa oeste no se sabe si funcionan. ¿Y cuándo empezaron a funcionar?. Da la sensación que en su total capacidad, recién el sábado 31 de marzo, 72 horas después de iniciada la lluvia y con los reservorios llenos de agua.
Ya se podía observar con claridad toda la Circunvalación Oeste tapada de agua el jueves 29, pero nadie hablaba de las bombas aún. Sin información oficial, y sin más que ese anuncio estratégico y propio de un plan de emergencia perfectamente diseñado, “la evacuación preventiva”, la población salió de sus casas por su cuenta, como en 2003. Ese mismo viernes, el gobernador Obeid llegaba desde Venezuela.
Otra vez
Hacinamiento, desarraigo, separación, desencuentro y desamparo. Las palabras, las vidas de los santafesinos. Hacinados en centros de evacuación (Ejemplo: Predio Ferial, con capacidad para 800 personas hay 1.600). Desarraigados de sus casas, de sus barrios, de su entorno. Separados, “mi marido se quedó en la casa y yo me vine con los chicos” nos dice una mamá tirada en un colchón en el piso en un centro de evacuados. Desencontrados, alguien pregunta si no vieron a tal. Desamparados, deambulantes, caminando por las calles de la ciudad con sus mudas de ropa a cuestas.
Ya el sábado Balbarrey decía: “Prefiero que sea una evacuación desordenada y que no se corran más riesgos”. Llegó a reírse a carcajadas cuando una periodista de LT 10 le consultó sobre el agua que entraba a borbotones por una boca de tormenta en pleno centro de Santa Fe. Casi como Obeid, con tiempo para las bromas e ironías en medio de la angustia, que le dijo a un periodista de LT 9 que por los 500 milímetros de lluvia tenía que preguntarle al arzobispo de Santa Fe, José María Arancedo, mientras el prelado recorría los barrios en silencio.
Ese sábado 31 de marzo, el mes más lluvioso desde 1901 cuando se comenzaron a tomar registros pluviométricos, Santa Fe continuaba sitiada por el agua. Las rutas 19, 70, 6, 11 y autopista hacia Rosario estaban anegadas o cortadas, cuando no con piquetes de vecinos enardecidos clamando ayuda o pidiendo que funcionen las bombas. Al norte, Aristóbulo del Valle, que llegó a ser un río, impedía salir hacia Monte Vera.
A una semana de Pascuas, el domingo 1 de abril llegó como un día de luto. Gris por la neblina, en silencio por la tristeza, con angustia esperando que baje el agua. El gobernador crea un comité de seguimiento y control tanto de las estaciones de bombeo como de los centros de evacuados. Un reconocimiento implícito de los problemas existentes. El ministro de Asuntos Hídricos, Ing. Alberto Joaquín, dice que el agua se irá el martes a la noche, pero el propio Obeid dice luego que tardará en irse “cuatro o cinco días”.
Pasan los días y siguen las complicaciones. La semana que comienza es la semana de los piquetes. Entre martes y miércoles hubo más de 20 cortes de calles en distintos puntos de la ciudad y en forma simultánea. El gobierno dice que no reprimirá la protesta social, pero presuntos actos de vandalismo, extorsión, hurto y violencia dominan la ciudad. La ciudad de Santa Fe vive una suerte de anarquía en sus accesos y avenidas.
El miércoles 4 el gobierno anuncia una millonaria ayuda para superar la emergencia a través de un programa de ejecución inmediata que permitirá realizar las obras de infraestructura en zonas rurales y urbanas, implementar mecanismos de asistencia productiva y brindar ayuda a las personas damnificadas para que regresen a sus viviendas. Cuando concluyó el anuncio, cayeron de golpe 75 mm y la angustia volvió a dominar el ánimo de los santafesinos.
El clima dio una tregua el jueves y viernes santo, pero el sábado volvió a llover aunque menos. Los hogares inundados llegaron al domingo de Pascuas llenos de mugre y vacíos de afectos. Era el triste retorno a casa. Al cierre de esta edición había 6.416 evacuados en la ciudad según la Municipalidad, pero 9.965 según la provincia...
Empezaba a normalizarse el tránsito en las rutas, que quedaron en un estado de precariedad preocupante. Pueblos y ciudades comenzaban a recibir el dinero oficial, en algunos casos, ya gastado.
La naturaleza vuelve a demostrar su fuerza y su reacción a la intervención irracional del hombre sobre el planeta Tierra. Tenemos otra lección: quedó demostrado que una lluvia puede anegar el permanente afán de poder. Por eso se impone recuperar el valor de actuar por el bien común. Y los habitantes de este bendito suelo, no debemos perder de vista el cuidado del medioambiente y exigir a fondo las obras que sean necesarias para paliar estos fenómenos.
Informarse, reclamar, movilizarse, en definitiva, abrir el paraguas por si llueve.