El Santafesino OSPRERA
Opinión
A UN AÑO DE LAS INUNDACIONES EN SANTA FE
Niños en catástrofe

La idea de catástrofe se asocia usualmente a un hecho catastrófico (inundación, terremoto, etc.). No obstante, conviene señalar que las consecuencias del hecho al prolongarse en el tiempo constituyen una situación de catástrofe. Cuando el fenómeno se abate sobre poblaciones humanas provoca una situación de catástrofe social.

30/04/2004

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Esta definición obliga, por un lado, a atender las urgencias del hecho pero por otro impone la obligación de atender el complejo proceso que continúa. Dada la situación de catástrofe, las políticas públicas deben redireccionarse priorizando el nuevo perfil de la cuestión social, incluyendo los factores psicológicos, somáticos, educativos, laborales, las pérdidas humanas, los edilicios, los proyectos de vida. Ante la situación, el Estado debe comprender que lo que se modifica es el espectro de necesidades a satisfacer.

Un riesgo corriente es la reducción del daño a lo físicamente constatable (edificios, caminos, etc.) desde la perspectiva de los operadores del Estado. Una política eficaz para el tratamiento de la situación de catástrofe social debe indefectiblemente atender, en primer lugar, la significación que ella tiene desde la perspectiva de las víctimas. Por ello, repasemos algunos conceptos básicos que sirven para identificar nuevas necesidades a atender en uno de los grupos más indefensos en situación de catástrofe social: la niñez.

En primer lugar, señalemos algo obvio: lo que importa para el adulto no necesariamente es relevante para el niño. De ahí la necesidad de priorizar la perspectiva de la víctima. Si bien no es posible establecer reglas generales, dada la singularidad de cada sujeto puede tenerse presente que toda situación de catástrofe se inicia con una experiencia aterradora.

Diversos factores incidirán en la reacción del niño: su edad, el modo concreto en que vivió el hecho, experiencias anteriores, los daños sufridos por él, su familia, sus vecinos, su vivienda, sus pertenencias, su mascota, en definitiva todo lo que constituye su sistema de representaciones sociales, su organización intra e intersubjetiva.

Es conveniente entonces generar condiciones para lograr la puesta en escena de lo sucedido mediante la técnica adecuada, trabajando sobre los elementos del desastre que causaron y siguen causando miedo. Apelar al olvido liso y llano o restarle importancia a los peligros afrontados, reales o imaginarios, difícilmente acarreen resultados positivos para el niño en cuanto niño, para el niño en cuanto futuro adulto y para la población en general. Se impone entonces una labor correctiva pero también preventiva.

Ante la catástrofe, quienes formulan las políticas sociales no sólo llegan a coincidir con lo hasta aquí planteado sino que inclusive lo defienden con vehemencia. Ello tranquiliza pues prueba que entienden la problemática. No obstante, esta vehemencia no se expresa luego en la formulación de políticas lo que intranquiliza pues prueba que no comprenden la problemática.

Siendo éste el problema, es recomendable impulsar la discusión para que el Estado genere servicios de modo tal que en una primera instancia la puesta en escena de lo sucedido curse grupalmente, sin escindir al niño de su familia y con oportunidad de que, si fuera necesario, resignifique lo vivido. En este contexto es importante valorar cómo el niño se representa la reacción de sus padres ante la infausta situación, al igual que la de sus adultos de referencia, sus pares, etc., todo sin perjuicio de los tratamientos individuales que se estimen necesarios según cada caso.

Además de este entorno primario, la escuela ocupa un lugar central. Diversos emergentes merecen atención tanto desde el regreso mismo a la institución como durante su desempeño en ella: rendimiento escolar, formación de patologías del aprendizaje, manejo de la agresividad, calidad vincular, etc. Se impone entonces la necesidad de disponer de profesionales especializados para apoyar tal proceso.

Para vigorizar la discusión, conviene recordar que existen diversas conceptualizaciones referidas a la situación de catástrofe, por ejemplo el denominado Desorden de Estrés Postraumático (Ptsd, Post Traumatic Stress Disorder). Las diversas posturas coinciden en aspectos y se complementan en otros.

En principio, es conveniente recordar que la catástrofe promueve en el niño episodios repetitivos en los que vuelve a sufrir el hecho inicial. Tiende a revivir la experiencia aterradora en sus juegos o a sufrir disturbios en sus sueños: pesadillas de monstruos, de rescate a otros, de amenazas hacia sí mismos o hacia otros; a gritar dormido, a sufrir retrocesos en el control de esfínteres, etc. Puede negarse a volver a la escuela, desarrollar conductas de excesivo apego hacia los padres, presentar miedos persistentes relacionados con la catástrofe o comportarse como niño asustadizo. Puede desarrollar dificultades para concentrarse, irritabilidad, nerviosismo, mal comportamiento, etc. Pueden aparecer quejas persistentes por malestares físicos (dolores de estómago, de cabeza o mareos) sin que se encuentre causa física. También suele aislarse de su familia y amigos, mostrarse apático y disminuir su actividad. Estos indicadores rara vez surgen al momento del hecho catastrófico. Aunque algunos síntomas pueden comenzar al poco tiempo es más común que salgan a la superficie varios meses o aún años más tarde.

Como vemos, la situación de catástrofe es particularmente compleja por lo que exige un abordaje concordante. El error inicial más corriente consiste en suponer que la urgencia es reconstruir lo material, postergando lo otro para un segundo paso que casi nunca se da con firmeza. Es responsabilidad del Estado anticiparse a los hechos. Cuanto más los anticipe, menos durará la situación de catástrofe. Si sólo se reconstruyen casas y caminos, postergando lo otro es posible que pasen los años y las conductas derivadas del hecho catastrófico sigan prorrogando la situación, deteriorando la calidad de vida de las víctimas. Lo otro es negado en las políticas cuando se lo relega a la condición de apéndice, de dispositivo que funciona en algún lugar auxiliar del organigrama para quien lo solicite si surge algún problema.

Ante la persona cuyo cuerpo puede perecer ahogado, no sería razonable preguntarle si quiere ser salvado. Corresponde promover de un modo u otro urgentes modos de salvación. Ante las personas cuyos psiquismos pueden padecer disturbios profundos tampoco corresponde esperar desde una oficina, en días y horarios de atención al público, a que ellas decidan solicitar asistencia, ya producido el disturbio. Tampoco puede imponérseles un tratamiento en contra de su voluntad pero sí deben pensarse políticas que pro-muevan acciones, que divulguen información, que induzcan a que el problema no sea sepultado en un ilusorio olvido, que advierta que también los efectos individuales son un problema colectivo, que inmunice contra el sentimiento de soledad y desamparo. Este tipo de intervención no se agota, entonces, en la formalidad de tener previsto un cuadrito más en el organigrama estatal.

Lo otro, en realidad, debe atravesar integralmente la reconstrucción pues no se trata del accesorio que puede o no colocarse la vivienda a reconstruir. Lo otro, sin exageraciones, es el cimiento de lo que se pretende reconstruir. Lo otro constituye la realidad, substancialmente unido a lo material. El entorno material forma parte de un continuo con lo no material: el entorno proyecta la personalidad del sujeto, de sus vecinos, de su barrio, de su ciudad. En situación de catástrofe lo otro no sólo es importante: lo otro es urgente.

Autor: Osvaldo Agustín Marcón



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