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Paz, amor o sálvese quien pueda

"Por estas fechas los que vivimos en países con unas religiones que festejan la Navidad, nos vemos atrapados por el hipnotismo del espíritu navideño. No sé si en otros países, con otras religiones, pasará esto, pero en la mayoría del mundo occidental uno se ve envuelto en el manto bondadoso de la Navidad" reflexiona el autor.

03/01/2007

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Para los que estamos lejos de la patria, la llegada del fin de año supone hacer un recuento. Recuento de los años que pensamos que nos quedan, para poder cumplir el sueño de volver. Recuento de nuestras propias fuerzas, que nos permitan hacer realidad el sueño de llevar a la familia, para que conozcan un país y una gente totalmente distintos al país en que habitamos. Recuento de familiares, amigos y caras conocidas, que podemos encontrar en nuestro barrio o nuestro pueblo. Recuento de todo lo que queremos contarles y preguntarles.

En fin, que uno se mete en una especie de monólogo mental, mezcla de sueños, utopías y recuerdos. Pero de repente te das cuenta que eso mismo lo habías pensado a finales del año anterior y que estás repitiendo machaconamente tus cavilaciones. Entonces tus pensamientos se tornan angustiantes porque crees que la edad te juega malas pasadas y estas entrando en una espiral de repetición, producto de los años.

Pero no, en realidad no son los años, sino que por estas fechas los que vivimos en países con unas religiones que festejan la Navidad, nos vemos atrapados por el hipnotismo del espíritu navideño. No sé si en otros países, con otras religiones, pasará esto, pero en la mayoría del mundo occidental uno se ve envuelto en el manto bondadoso de la Navidad.

Y digo lo de bondadoso, porque en estas fechas parece que todos se vuelven buenos, amables, caritativos y hasta comprensivos con las desgracias ajenas. Por eso se hacen fiestas para los pobres. Se regalan juguetes para algunos niños. Se hacen festivales artísticos con la participación de artistas de renombre, que el resto del año viven en el limbo de sus millones. Y en las guerras se hace un alto, con el tiempo preciso para que el presidente de turno, después de lavarse bien las manos para no oler a sangre de enemigo, participe en una cena especial con los soldados que están en el frente, defendiendo “la paz”. Luego… todos cantarán unos villancicos más dulces que la miel y se rezará pidiéndole a Dios paz en el mundo, como si las guerras fuesen culpa de Él. Cuando su única culpa es el habernos creado.

Los dirigentes del mundo nos largan los mensajes de paz, las fábricas de armas siguen trabajando. Y los que viven de las armas, junto a sus familias, llenarán sus mesas navideñas de manjares, pagados con dinero de la muerte de seres inocentes, que han probado unas armas sofisticadas, creadas por algún científico, con el único fin de aniquilar la mayor cantidad de gente, al mejor precio posible. Seguro que mientras rezamos o levantamos nuestras copas de sidra o champán, inundado el corazón por el cariño que nos inspira el niño Dios…

En el mundo habrá millones de seres muriendo de hambre, otros morirán por falta de dinero para sus tratamientos médicos. Seguro que en nuestras mesas habrá productos cosechados por niños esclavizados, pero nosotros no querremos enterarnos, solo nos importará haberlos conseguido más barato. Habrá fiestas con mujeres prostituidas para mantener a sus hijos o para pagar su drogadicción, por culpa de gobiernos ineptos. Habrá jóvenes que asesinan por dinero, porque en el barrio donde se han criado es más fácil conseguir una pistola que una birome.

Después de pensar en esto, uno se da cuenta que la gran mayoría de los deseos navideños, no se cumplirán. Y si alguno se cumple, es solo cuestión de suerte. Suerte de no estar gobernados por un loco iluminado. Suerte de no vivir en una tierra propensa a las catástrofes naturales o sencillamente, suerte porque la muerte estaba muy ocupada con otras personas. Creo que tal como está el mundo, ya es una suerte que los que nos gobiernan nos dejen llegar a fin de año.

Por eso, cuando uno piensa en todo esto, se da cuenta que después de todo, si tiene un pedazo de pan, si su salud no es muy mala, si tiene cerca a alguien que lo quiera y si ha llegado a ver el nuevo año. Puede decir que es un ser afortunado. Porque hay que ser afortunados para poder seguir cumpliendo años, en un mundo rodeados de tanta maldad, tanta avaricia y tantos miserables hijo de p... que nos utilizan amparados en la política o la religión, para lograr su único fin, que es el poder dominar el mundo y jugar a ser dioses.

Creo en Dios. Pero no lo entiendo. Creo que como fabricante de seres humanos es un fracaso. Llevamos ya 2006 años desde que hizo a Jesucristo, que fue su mejor obra. Y por eso, mi deseo en voz alta para el próximo año, es que Dios se decida a defender a los buenos, porque ya está uno harto de que en este mundo, las páginas preferentes de la historia, estén dedicadas a los que han matado o han muerto con el cuento de conseguir la paz para la humanidad, cuando la paz se consigue tan solo con no hacer guerras. Mi deseo para ustedes, es que los que dirigen el mundo, nos dejen pasar un FELIZ AÑO 2007.

Autor: Carlos Ochoa Blanco.



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