Con alegría y optimismo puedo decir que soy padre de tres hijos y para que ellos pudieran vivir y estudiar me pasaba más de diez horas diarias fuera de casa. No era mi intención, pero por la situación económica que atravesábamos no quedaba otra. Al llegar a casa la idea era poder descansar un poco, pero antes sabía que debía educar junto con mi señora.
Nunca buscamos ni elegimos un momento ideal, se hacía en cualquier parte o lugar. La enseñanza y la educación se deben hacer donde uno se encuentre, sin importar el lugar. No puedo ni dejo de reconocer, en primer lugar, la ayuda de mi esposa y todo lo hecho por ella; en segundo lugar la obediencia y el caso que nuestros hijos hicieron de cuanto se les explicaba. Siempre tuvimos la delicadeza de escucharlos, de hacerles entender las cosas simples de la vida, que no nos hicieran ignorar lo que ocurría en el colegio, como eran sus maestros y profesores; de que manera se comportaban con los amigos y cómo estos lo hacían con ellos.
En síntesis, tratar de que nunca estuvieran solos, pero tampoco negar las miserias que nos puedan rodear y que todo lo que podamos decir o enseñar fuera positivo para toda la vida; y que todo lo que hagan durante su vida les traerá consecuencias, buenas y malas, pero no deben ignorar que es imposible vivir sin códigos, que tuvieran en cuenta que la palabra dada tiene el valor que uno le da; que es cierto que hay mentiras, corrupción, maldad; pero también existe el honor, la honestidad, el amor al prójimo que es lo que forma la dignidad y la esencia del ser humano.
Es necesario que nosotros como padres y con la comprensión que es preciso tener en cualquier hogar, no la debemos delegar a nadie, que nuestros hijos acepten lo que le digan sus maestros, profesores, los padres de sus amigos; pero que nunca ignoren que la verdadera educación, su comportamiento y su cultura deben salir del hogar, no se le puede dar esta responsabilidad a los educadores quienes en todo caso podrán reafirmar lo que aprendieron en la casa.
Mis hijos, incluso nosotros, somos personas comunes que tienen amigos permanentes y casuales, pero amigos al fin. Nuestro mayor orgullo es saber que los amigos de ellos son también los nuestros, lo mismo ocurre con los padres de ellos. Unos minutos de enseñanza por día hacen días, meses, años y las miles de palabras dichas para bien, nos darán la seguridad que nuestros hijos, incluso sus amigos, no serán noticia por haber cometido algo indebido, y poder con el correr del tiempo sentirnos orgullosos de quienes nos rodean y acompañan en esta vida.
No quiero con esta simple opinión hacer creer que mis hijos y sus amigos son los mejores del mundo. Es claro que como ellos, existen cientos de jóvenes y padres que, como nosotros, con virtudes y defectos. Falta mucho que contemos con una comunidad de jóvenes que borre para siempre el autoritarismo, la maldad, la injusticia, la droga, los vicios y que de una vez por todas quienes deban hacerlo, pongan límites a todo lo se vincule con las malas acciones. Que el “Perdón” y el “Gracias” se vuelvan a escuchar y que no de vergüenza decirlo.