OPINIÓN
La verdad de la verdad
“En la vida existen valores que permanecieron muchas veces invisibles para los demás, pero a lo que el hombre le presta atención es a la traición y la mentira” sostiene el autor.
Por Víctor L. Porta
Desde Laguna Paiva
09/08/2008


Mientras el mundo sigue girando, en muchos casos no conseguimos encontrar el rumbo que nos lleve a un mejor convivir en comunidad sin tener que perturbar a nadie, tratar de aplicar bondad, simpatía, indulgencia y sentido común; evitando tener que recurrir a la mentira, el embuste, la calumnia, la falsedad y todo cuanto nos lleva al sufrimiento y al mal vivir. Pero lo más triste es cuando se nos quiere disfrazar algo con una mentira. Es feo tener que soportar un engaño. Si hay algo que nos produce enfado es diariamente escuchar mentiras, ya sea del vecino, un hijo, de un gobernante, un dirigente, incluso de candidatos que desean llegar a ocupar cargos y mienten descaradamente con el solo fin de conseguir votos.

En la vida existen valores que permanecieron muchas veces invisibles para los demás, pero a lo que el hombre le presta atención es a la traición y la mentira. Por ello es necesario que sepamos tomar decisiones para que hagamos más humana nuestra vida, aplicando la franqueza y veracidad.

Cuenta una leyenda china que un habitante del lugar, harto de escuchar mentiras, se propuso tratar de conocer algo de la verdad y como se podía tratar con ella. Con esa intención tomó un bolso y cargó en él algunas provisiones, cosas que le pudieran hacer falta por el camino, y salió en busca de todo lo que quería saber. No tenía un destino cierto, por lo que decidió llegar por lugares que apenas conocía; interrogó a su paso a cuanto ser humano cruzó; siempre explicaba cual era su intención y porqué buscaba eso que él llamaba Verdad. No pudo encontrar a nadie que le pudiera dar una explicación real, un dato preciso.

Un día ya un poco cansado y con el ánimo por el suelo, encontró en una zona montañosa una casilla pequeña que le dio la impresión que en ella debía vivir alguien. Llamó a la puerta y de inmediato apareció el habitante: un monje, único habitante de toda esa zona. Con la amabilidad que caracteriza a los monjes lo hizo pasar al interior, ofreciéndole lo que deseara y que hiciera un descanso reparador. El hombre comenzó el interrogatorio: “mire señor, quiero hacerle una pregunta. Usted me la contesta si quiere, sino continuaré mi camino como hasta ahora”.

“Mire señor, si sigue ese camino lo llevará a un valle. En él hay una casilla de madera y que según dicen habita una señora que se hace llamar “La Verdad”. Agradeció de todo corazón, tomó sus bártulos y se dispuso a continuar su camino. No supo cuanto tiempo caminó, pero lo hizo con el propósito de desentrañar lo que se había propuesto.

Y así llegó hasta el lugar indicado. Si bien la casilla de madera dejaba mucho que desear, estaba algo derruida por la acción del tiempo y hasta tuvo miedo de golpear la puerta, pensando que se podía caer, pero llamó con un poco de desconfianza y la puerta se fue abriendo dando paso a una figura que inspiraba miedo. De inmediato lo interrogó: “¿Qué busca señor en este lugar, donde hace años que no se acerca nadie?”.

Antes de contestarle se fijó en todos sus vestidos que más que vestidos eran harapos. Su aspecto en general era lamentable. Pasado el primer momento y habiéndola observado detalladamente, le preguntó: - “Mire, buena señora. Hace años me propuse encontrar la verdad y quien me dio estos datos de donde encontrarla es el monje que vive en lo alto de una montaña”. -

“Si señor. No le mintió. Así como me ve y aunque le cause muchas dudas, yo soy la verdad incontrastable y auténtica. El hombre, sorprendido por la aseveración de la señora, volvió a interrogarla: - “¿Por qué entonces usted está vestida de esa manera?”.

Este hombre, como para terminar con la conversación le dijo a modo de reproche. - “Señora. ¿Cómo les explico a quienes viven en mi comarca y de seguro me están esperando, que después de mucho caminar encontré por fin La Verdad? Y aunque la imaginábamos, una belleza con cabello largo, hermosa, viviendo en un palacio; y es todo lo contrario?” La pobre mujer, sin inmutarse y mirándolo a los ojos, le dijo: - “Señor, no se haga muchos problemas... ¡Dígales una mentira!




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