OPINION
Inseguridad como política y desnaturalización del debate social
El autor se refiere a la problemática actual, a los intereses que se mueven detrás de las estrategias comunicacionales, la inseguridad como política y la desnaturalización del debate social.
12/08/2009


No es mi intención en el presente discutir o analizar, si la violencia está desmadrada o no, si los hechos delictivos y los índices de criminalidad, aumentan o disminuyen, si estadísticamente superan o no a los de otros países, mucho menos minimizar su existencia, implicancia social y su recurrencia.

Simplemente pretendo descorrer el velo en torno a los intereses que se mueven detrás de las estrategias comunicacionales de estos hechos y reflexionar sobre el impacto de las mismas en el ambiente urbano. Entendido este último, como una sumatoria de elementos y variables físicas, como el aire, uso suelo, construcciones, servicios y los seres vivos y sus interrelaciones. Dentro de ello, el hombre, su historia, sus realizaciones y su cultura como mecanismo de inserción a ese medio, en donde eligió o le tocó vivir.

En el plano social, la mejor o menor calidad de vida juegan un rol central en dicho ambiente, expresada en el derecho a la paz, el trabajo, la salud, la educación, la vivienda, el esparcimiento, la tranquilidad y todo aquello que hace al desarrollo integral de la persona. Comprensivo además de la participación y la elaboración de políticas públicas y del modelo de sociedad en la que se quiere vivir.

Considero que ese entramado de relaciones y sinergias, unido a un proceso de debate social, natural, serio, maduro y responsable, son las claves que posibilitan elevar los niveles de conciencia y el mejoramiento de las condiciones generales de un pueblo.

En ese contexto, los cambios y reformas son posibles, aunque en el camino haya sin dudas, enfrentamientos y conflictos de intereses, los que deberán ser resueltos por la práctica democrática y el respeto de las diferencias.

En esa puja, de un lado o del otro, cada uno de los protagonistas, adopta estrategias y políticas tendientes a difundir e imponer sus visiones y basamentos ideológicos, lo cual es correcto y entendible, ya que es la esencia de la democracia.

Tampoco están ausentes en ese proceso, quienes aparentan mantenerse al margen de las disputas, pero cuyo objetivo es abortar el mismo, ya que pretenden evitar cambios profundos que amenacen sus intereses, conquistas o impulsen una mayor o mejor distribución de la riqueza. Aspiran a lo más a un cambio de gobierno o de personas, ya que al decir de Lampedusa: “es necesario que todo cambie para que todo siga igual”.

Quienes intentan frenar esa efervescencia vivencial y transformadora, necesitan y operan a favor de una sociedad adormecida, anómica, amordazada y desentendida de la cosa pública.

En otros momentos históricos, los golpes y asonadas militares, que vaya casualidad lo primero que prohibían era el derecho de reunión, las manifestaciones públicas y las peticiones comunitarias, constituyeron el parate a los cambios.

Desterradas (hasta ahora y deseando que para siempre) estas prácticas nefastas, echan mano a otras, no tan sangrientas aparentemente, pero igual de eficaces para lograr sus objetivos. Y así, instrumentan mecanismos y procedimientos de comunicación, periodísticos e informativos a los fines de variar los ejes de las preocupaciones jerárquicas de la sociedad y paralizar toda actividad deliberativa.

Los otrora políticos de los golpes, “los anímense y vayan” de los que hablaba Jauretche, han mutado a los políticos del miedo. Seguramente coincidiremos en que pocas cosas o situaciones existen, más paralizante que el miedo.

Por lo ello, me atrevo a firmar que en el país, como en otros lados, existe una verdadera política de la inseguridad con fines económicos, institucionales, de acceso al poder y el control del Estado y la sociedad. Que ya no necesita de las fuerzas armadas, sino de los medios de comunicación como ejército de ocupación, por lo menos de las mentes.

Quizás piense si no es un tanto temeraria esta afirmación. Para despejar este interrogante e intentar explicar el tema, me referiré a dos cuestiones.

En primer lugar dejaremos en claro la definición de “política”, que no es “el arte de lo posible”, como comúnmente se dice o se cree, sino que como se desprende de cualquier diccionario: “La política es una actividad orientada en forma ideológica a la toma de decisiones de un grupo para alcanzar ciertos objetivos” o “Es el proceso orientado ideológicamente hacia la toma de decisiones para la consecución de los objetivos de un grupo”.

En segundo término apelaré a un hecho de la realidad cotidiana, como es el campo de la información periodística o mediática. En este terreno, si observamos la portada de cualquiera de los diarios, revistas o periódicos, nacionales o locales, de mayor o menor tiraje, lo que primero vemos es la crónica de los hechos violentos y atentados contra las personas o la propiedad, a lo que podemos sumar los muertos por la gripe “A”, ocurridos en cada jornada. No varía el panorama, ni la óptica, si pretendemos enterarnos de alguna noticia en los medios televisivos o radiales.

Violencia, violencia en las rutas, violencia en las calles, entre los jóvenes, entre policías y ladrones, en las familias, en edificios, en los barrios, en los colegios, en fiestas familiares o en boliches bailables. Plazas, espacios públicos, iglesias, hogares, guarderías no escapan a este flagelo de la modernidad.

La violencia y la muerte, en ese esquema, se han erigido como una constante, que atraviesa a todo el cuerpo social y que se extiende como una metástasis, imposible de desterrar y que pone en riesgo la normalidad de la vida.

Frente a la locura y el salvajismo de algunos, la sociedad, a través de “esas campañas” de difusión, internaliza estas anomalías, y como una consecuencia natural de toda esa parafernalia, aflora el temor y la inseguridad, sobre todo la inseguridad sobre qué nos puede pasar.

Inseguridad sobre nuestro futuro, nuestros bienes, nuestros hijos y familiares y en consecuencia el miedo paralizador asoma como un pájaro de mal agüero que aletea a nuestro alrededor.

En forma directamente proporcional a ello, se alzan voces que claman por más seguridad, mano dura, tolerancia cero, bajar la edad de imputabilidad penal, penas más rigurosas, más policías con más equipamientos, armas y tecnologías para combatir el flagelo, algunos hasta proponen la pena de muerte, en un país en donde la muerte ha estado presente como invitado de lujo a lo largo de toda su historia.

Paralelamente a ese incremento del clamor social se organizan paneles, congresos, jornadas, encuentros y toda otra modalidad de debate seudos científico sobre la problemática. Aparecen los expertos, los especialistas, los entendidos, los candidatos cuya única propuesta es bajar los índices de la criminalidad, los jueces, los penalistas, los criminalistas nacionales o importados y en ese contexto como no iban a aparecer los periodistas especializados, que saltaron en las redacciones, desde un modesto lugar de escribas de las crónicas negras, a la primeras planas de los medios de comunicación.

Las catilinarias contra los inadaptados sociales y delincuentes se vuelven cada día más comunes, ocupando todos los lugares y pensamientos del entramado social.

El fútbol, la economía, la política o el ambiente van perdiendo paulatinamente protagonismo y terreno frente a la violencia en las discusiones en la oficina, la mesa familiar, las colas de bancos, super y otros lugares. El “está jodido, tené cuidado, viste lo que le pasó a fulanito o menganito”, se transforman en una constante en los diálogos casuales y no tantos. Se siente miedo, se respira miedo y en consecuencia se actúa con miedo.

El miedo vacía las calles, las organizaciones sociales, los partidos políticos, sólo se concurre a aquellos lugares con seguridad, luz y clima artificial y así, shopping, salas de juego y paseos de compras actúan como sedantes y adormecedores de la vida social, donde los vigiladores y las cámaras de filmación pueden detectar a los indeseables y evitar que algo desagradable ocurra.

En el interior de nuestros hogares los Tinelli y tantos otros tilingos, muchas veces disfrazados de analistas y formadores de opinión continúan con el lavado de cerebros.

Ciertos periodistas en consonancia con estas políticas y siguiendo lineamientos o bajadas de líneas para nada inocentes, multiplican hasta el infinito estas sensaciones y se transforman en verdaderas usinas industriales generadoras del temor.

El miedo paraliza, impide actuar, encierra, ciega el entendimiento, nos vuelve irracionales, desconfiados casi animales, nos aísla, nos confunde y sobre todo limita nuestra capacidad de análisis sobre todo lo que pasa a nuestro alrededor. Cuando eso inexorablemente ocurre, los políticos del miedo pueden afirmar: “el objetivo se ha cumplido”.

Autor: Ricardo Luis Mascheroni.




Leer mas sobre