OPINIÓN
La siembra directa agrava las inundaciones
El modelo aplicado no es amigable con el ambiente, y sus daños colaterales hoy son sufridos por miles de ciudadanos argentinos que ven como sus pertenencias quedan bajo el agua.
19/08/2015

Las imágenes de los arroyos y ríos desbordados, las rutas cortadas o con circulación limitada, campos bajo agua donde apenas asoman los postes del alambrado, resultan cada vez más recurrentes.
Fuente: Centro de Protección a la Naturaleza Santa Fe

Las inundaciones en las provincias de Buenos Aires y Santa Fe son la muestra de que algo está sucediendo con el Planeta. No es sólo el famoso “cambio climático” que hace que llueva más en un lado y menos en otro, o que en un mes caiga el agua de todo un año en un lugar, sino que también tiene que ver la situación del receptor de tamaña cantidad de agua.

Las imágenes de los arroyos y ríos desbordados, las rutas cortadas o con circulación limitada, cientos de viviendas inundadas, campos bajo agua donde apenas asoman los postes del alambrado y la población durmiendo en lugares precarios, resultan cada vez más recurrentes y lo seguirán siendo en el futuro mientras no se tomen las medidas de adaptación y mitigación del cambio climático. En este marco, las obras hidráulicas son necesarias pero no constituyen la solución: cuando el suelo no absorbe lo que debe, esa agua escurre hacia las cuencas inferiores. Y es el estado del suelo el que determina que se agraven o no las inundaciones.

Entre los factores, la deforestación incontrolada juega un rol importante pero no es el único. Hace décadas, se deforestaba sólo para extraer las especies maderables; ahora, ni siquiera eso sucede porque se arrasa con troncos, raíces y ramas -que son apilados por las topadoras para ser quemados- para incorporar tierras a la producción de monocultivos de exportación. Por un lado, se incorpora dióxido de carbono a la atmósfera -generando más gases de efecto invernadero- y por otro, esas tierras se convierten rápidamente en páramos debido a que no son aptas para cultivos intensivos. El ejemplo más evidente de este caso es lo que sucede en Tartagal en la provincia de Salta. Por lo tanto, llueve lo mismo o más y al no existir cobertura arbórea, se invierten los términos de absorción y escurrimiento: hoy, 8 de cada 10 litros del agua que caen en estos suelos, escurren hacia los cursos de agua y los colmatan, inundando vastas extensiones de zonas aledañas.

En cuanto a la salud del suelo – entre otras cosas, su capacidad de absorción -, cambia totalmente de acuerdo al uso que se desarrolle en el mismo. En el caso particular de las inundaciones de la provincia de Buenos Aires, las nuevas urbanizaciones sin control edificadas sobre humedales eliminan áreas de absorción o terminan siendo rellenados, derivando el agua hacia las zonas bajas.

Pero el uso del suelo más importante y de más alto impacto, sin lugar a dudas, es la actividad agrícola. En la zona pampeana, del pastizal original se pasó a los cultivos agrícolas con rotación, barbecho y alternancia con la actividad pecuaria hasta principios de los años 90 del pasado siglo. La aplicación del paquete tecnológico de transgénicos, agrotóxicos y siembra directa significó la subida de las capas freáticas, la uniformidad de la granulometría superficial del suelo y la muerte directa de los micro y macro organismos edáficos. Para los especialistas, la certeza es que el modelo agrobiotecnológico agrava las inundaciones.

Estudios realizados por universidades públicas ratifican, entre otros, que los cultivos de raíces pequeñas como la soja transgénica no permiten la infiltración profunda o la evaporación; la eliminación de la actividad pecuaria provoca la subida de las capas freáticas tal como se verifica en el Departamento Las Colonias en Santa Fe; la inexistencia de roturación -condición intrínseca de la siembra directa-, asociado con la desaparición de la fauna y flora edáfica por la aplicación de mas de 300 millones de litros de agrotóxicos en cada campaña, compacta los suelos y los convierte en un vidrio en el que rebota el agua. Esto sucede en las provincias de Buenos Aires, Córdoba y en la nuestra, Santa Fe, con suelos ya frágiles o con distintos grados de erosión luego de 100 años de prácticas agrícolas, intensificado en las últimas dos décadas por los monocultivos de exportación.

Por lo tanto, más allá de que los representantes de los productores o las corporaciones enroladas en la siembra directa, la venta de insumos agrícolas o el transporte de granos presionen sobre los poderes públicos o usen a los medios de comunicación, EL MODELO APLICADO NO ES AMIGABLE CON EL AMBIENTE, y sus daños colaterales hoy son sufridos por miles de ciudadanos argentinos que ven como sus pertenencias quedan bajo el agua. Consideramos que estas organizaciones no tienen ni la ética ni la razón ni el conocimiento suficiente al afirmar que realizan buenas prácticas agrícolas o de labranza cuando el modelo de producción en sí es hegemónico y, en modo similar a la minería, exprime al suelo hasta sus últimos nutrientes.

Avanzar en la concreción de un nuevo modelo agrícola de producción es inevitable para poder mitigar los efectos del cambio climático y asegurar la sustentabilidad del ambiente y la sociedad argentina.

Por Centro de Protección a la Naturaleza Santa Fe




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